sábado, 19 de febrero de 2011

CISNE NEGRO


Vuelve el maestro de lo visual, el artista de lo estético. Vuelve el talento más gordo que ha parido la ciudad de Nueva York desde Woody Allen. Vuelve Darren Aronofsky.
Un cineasta ecléctico, capaz de un suave estilo indie cámara en mano al comienzo del film (como ya hiciera en The Wrestler), de una agilidad desmesurada con los cambios de planos y de dotar con una gran personalidad confusa y turbadora a escenas surrealistas que no se recuerdan desde los buenos tiempos del también genuino David Lynch.
Señores. Ya lo adelanto ahora. Si este año no le sacuden el Oscar a este señor empezaré a temerme que nunca se lo darán, y más teniendo en cuenta los proyectos comerciales en forma de héroes del comic que tiene previstos a corto plazo.
Y es que ir al cine a ver una película de este tio es como comprar un billete hacia un viaje que no sabes donde acabará. Y precisamente es ahí donde reside su magia.
Siempre arriesga, siempre innova. Demos gracias al Señor.

Este Cisne Negro no te llegará al alma como contenido espiritual o moral, pero ya te garantizo que te costará eliminarla de tu retina. Y es que estamos ante una película de recursos tanto artísticos como poéticos casi desmesurados. Toda una vorágine de sentimientos a menudo encontrados, acompasada de forma sublime por un ritmo forjado en oscuridad, sensualidad, inocencia, perversión, sexualidad y belleza que se mezclan formando una experiencia de obligado disfrute en su sala de cine más cercana.
Un sube y baja de emociones constante en un guión que, sin embargo, no tiene mucho que ofrecer, aunque honestamente, (y no como le ocurre a muchas) ni falta que le hace.
Un ejercicio sublime que conforma posiblemente la obra más pulida del director (con permiso de The Wrestler) hasta la fecha, que se acentúa sobremanera gracias a una combinación perfectamente afinada de imágenes y sonido, que concluyen en un climax tan devastador como inolvidable que te envía de vuelta a casa con un lento fundido en blanco y con un escalofrío que se ha apoderado de tu cuerpo desde hace ya varios minutos.

Para ir cerrando, y al hilo de todo esto, comentaba el otro día con una buena amiga, que desconozco muy bien quien es realmente el genio responsable del aura que se ha labrado este cineasta, si el propio Darren Aronofsky o su compi de fatigas Clint Mansell. Personalmente, soy de los que piensan que simplemente son los dos. No existe el uno sin el otro. No se entiende el impacto visual en ausencia de música, y tampoco los acordes sin imágenes.
Dios los crea y ellos se juntan. Demos gracias al señor de nuevo.
Ah! Por cierto, y creo que huelga decirlo pero, la banda sonora es realmente sobrecogedora en todos los sentidos. Toca hacerse a la idea que este año sea cual sea la decisión tomada por la academia para el galardón correspondiente será realmente injusta debido al elevado nivel de los candidatos (bendito dilema).


Y sí, he de reconocer que inicialmente me mantuve un tanto escéptico ante la historia, ya que de sobra es conocido que esperar mucho de una película suele acabar siempre de la misma manera. Sumando además el hecho de que el ballet ni mucho menos es una de mis pasiones. Pese a todo el resultado global es el de la sensación de haber presenciado una obra de arte de principio a fin, de la que evidentemente tiene gran parte de culpa una Natalie Portman superlativa (otra estatuilla con el nombre grabado desde hace meses) que no sólo da profundidad a una narración que a algún detractor habitual le puede resultar un tanto sórdida, caótica o incluso grotesca por momentos, sino que logra salpicarte de la belleza del ballet independientemente de tus gustos inicales al respecto.
Blanco, negro. Dualidad humana. Sexo. Poderío visual.
En resumidas cuentas, cine en estado puro.
A vosotros: Portman, Mansell, Aronofsky. Gracias. Lo habeis conseguido. Lo hemos sentido.
Ha sido perfecto.
Sencillamente imprescindible.


Arkaitz.

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